Sueños de Azul por Jaime G. Wong
Mi Olympus 35 LC

Estoy usando la vieja cámara rangefinder de Papá, una Olympus 35 LC, creada en 1967. Mi Papá la mantuvo en excelente estado, y aún con todos esos años encima, funciona perfecta. Me encanta tomar fotos con esta cámara, prácticamente ha reemplazado mi Canon Powershot S5 IS. Es una belleza.

Siendo una cámara de rollo, no hay EXIF, así que tengo que tomar nota a mano de la apertura y velocidad de obturación en una libreta, revelar las fotos y compararlas con mis notas. Hago varias tomas con diferentes valores para ver cómo se comporta la cámara bajo diversas circunstancias y posteriormente usar ese conocimiento para obtener la imagen que quiero. Durante años la fotografía ha sido así antes de la inmediatez digital.

Parece aburrido, absurdo y anticuado hacerlo así en esta época, pero tomar fotos con rollo te hace ser más paciente, más cuidadoso y observador de lo que estás haciendo. Te detienes y prestas atención porque cada toma es limitada y tiene un precio. No puedes borrarla posteriormente. Y así, en el poco tiempo que he estado usando esta cámara he aprendido bastante de fotografía.

Si cometes un error usando una cámara digital, lo corriges inmediatamente, vuelves a tomar la foto y te olvidas de ello. Cuando cometo un error con rollo, no hay segunda oportunidad para arreglar la toma. Lamento haber perdido la foto y luego me pongo a investigar el por qué fallé y qué debí haber hecho. La siguiente vez que estoy en una situación similar inmediatamente recuerdo la ocasión anterior y hago los ajustes necesarios. He aprendido. Estoy seguro que usando una digital volvería a cometer el mismo error y volvería a hacer ajustes sin prestar atención.

Cuando la suma de toda esa experiencia pasada resulta en una buena foto, la satisfacción es indescriptible, es como sacarse un gran premio bien merecido.

El rollo te hace mejor fotógrafo.

Esta foto de Niza es la número 26, 250 a f/1.7. Había muy poca luz, ya estaba anocheciendo. No habría podido tomarla con la S5. El lente es un G. Zuiko de 42mm, muy fino. La apertura máxima del lente es de f/1.7, lo que me permite tomar fotos naturales con poca luz sin necesitar flash. Puedo tomar buenas fotos a 1/30, pues es una rangefinder y no tiene un espejo que se mueve; está hecha de metal, así que el peso me ayuda a mantenerla firme.

Luego de décadas la batería dejó de funcionar. Wein tiene un repuesto de Aire-Zinc que me costó $8.00. Es caro, pero el consumo es tan bajísimo que lo más seguro es que la historia se repita y sea uno de mis hijos quien le compre su próximo repuesto.

Hay toda una comunidad de aficionados a las rangefinders, dentro de la cual mi cámara es una de las raras. Me siento como invitado a un club exclusivo, al cual no merezco estar allí. La pasión de todos ellos por sus rangefinders me hace apreciar más la mía; sobre todo porque tiene un valor sentimental gigantesco.

Cuando la uso me siento más cerca de Papá, mirando el mundo a través del mismo visor.




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